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Entrevista a Pepa Horno sobre violencia infantil en España para UNICEF Comité Español

Hace unos días el UNICEF Comité Español me ofreció la oportunidad de participar en un Facebook Live en su página web cuyo vídeo está teniendo una difusión muy grande estos días.

La temática era sobre la violencia infantil en España y la necesidad surgía de la alarma social creada por los últimos casos de agresiones cometidas por adolescentes en nuestro país.

Este es el vídeo por si queréis verlo. Es algo largo, dura cuarenta minutos. Tal y como dije antes de que tuviera lugar, la violencia infantil en España es un tema doloroso, complejo y delicado y es necesario tratarlo con la extensión que merece para que no quede reducido a una serie de titulares reduccionistas, y como tales falsos en cualquiera de sus sentidos.

Junto con el vídeo, quería también difundir las fuentes de donde surgieron los datos que mencioné. Las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística sobre defunciones de niños, niñas y adolescentes en 2016. Por otro lado, el estudio sobre polivictimización de niños, niñas y adolescentes en el sistema de protección y reforma de Noemí Pereda, Judit Abad y Georgina Guilera de 2014, “Victimización en jóvenes de protección a la infancia y la adolescencia y de justicia juvenil”.

Llevo más de veinte años trabajando en esta temática y he visto el cambio social que se está dando hacia esta problemática, que supone uno de los rostros más dolorosos del ser humano. La violencia contra los niños, niñas y adolescentes y la que ellos mismos ejercen nos genera miedo, cuestiona nuestra seguridad básica, esa sensación que todos necesitamos tener de que estamos a salvo, de que la gente que amamos está a salvo, y sobre todo, de que nuestros niños y niñas están a salvo. A salvo de ser víctimas de una agresión y a salvo de agredir a otra persona, sea otro niño o niña o un adulto.

A mí misma me sucede. Cada vez que me entrevistan vuelvo a mirar las estadísticas. Y las cifras son tan brutales, y año tras año tras año siguen sin ser atendidas, que yo misma me obligo a no mirar demasiado las estadísticas. Mirarlas me provoca el mismo dolor de tripa con el que me acosté la noche anterior a este vídeo, las mismas lágrimas, el mismo dolor. El mismo, no. Más. Porque llevamos muchos años sabiendo lo que tenemos que hacer sin hacerlo. Muchos años permitiendo muertes de niños, niñas y adolescentes. Muchos años mirando hacia otro lado.

Esto no es nuevo, el ser humano mira hacia otro lado muy a menudo ante lo que le confronta con su fragilidad y con su miseria. Miramos a otro lado cuando son los niños y niñas de otros más fácilmente que cuando son los nuestros. Pero lo hacemos. Lo hacen los gobernantes, lo hacen los políticos, pero lo hacen también los que definen los currículos académicos de las profesionales relacionadas con niños que siguen sin cambiarlos para incluir en los programas académicos el maltrato de forma que la gente que debe detectarlo: médicos, maestros, psicólogos, trabajadores sociales, educadores sociales… sepan cómo hacerlo. Lo hacen todos y cada uno de los profesionales que saben, intuyen o tienen la certeza y miran para otro lado. Lo hacemos las familias cuando decidimos no hablar de ello a nuestros hijos e hijas. Lo hace cada ciudadano que oye, intuye, mira y decide no denunciar.

Y año tras año sigo mirando una sola cifra. No voy siquiera a las cifras grandes, voy a la pequeña y más extrema. Voy a los asesinatos y suicidios de niños, niñas y adolescentes. En 2016, 17 niños y niñas asesinados en homicidios y 70 que se han suicidado. Y cada cierto tiempo cuando me dan la oportunidad como me la dieron aquí, salgo públicamente y lo digo, con una mezcla de congoja, llanto y grito.

Porque es verdad que han cambiado muchísimo las cosas, y a mucho mejor. Es innegable el avance social ante este tema, el cambio de actitud y la visibilidad que está teniendo. Son reales los recursos destinados a abordarlo, el avance de los recursos especializados para atender a los que son víctimas de maltrato, a los adultos que lo fueron de niños y siguen sufriendo por ello y a los niños, niñas y adolescentes que agreden a otros. El avance es innegable y da sentido a lo que hacemos muchos otros y yo.

Pero se nos siguen muriendo. En un año 87. 87. Y ni siquiera conocemos las caras de muchos de ellos. Ni sus nombres. Ni su dolor. Y no son más que el extremo de un dolor indescriptible que anida en los que sí sobrevivieron, los niños y niñas que siguen sobreviviendo y los niños y niñas que viven aún temblorosos en el alma de tantos y tantos adultos que trabajan y viven con nosotros.

Y cuando la noche anterior miraba las cifras y la rabia y la angustia se apoderó de mí, el dolor por ese dolor invisible dentro de nuestra propia casa, volví otra vez a una promesa que me hice hace mucho tiempo: seguiré gritando sus nombres.

Pepa Horno

Pd. Si alguien quiere saber más sobre esta temática, dejo aquí enlazadas varias entradas de blog que escribimos hace tiempo sobre la temática. Por un lado, el análisis político sobre la situación de la violencia contra la infancia en España que publicamos cuando se creó en el 2014 la subcomisión sobre violencia contra la infancia en el Congreso de los Diputados. Por otro, un post que publiqué en el blog de No me pidan Calma que llamé Contabilizar nuestros muertos sobre el número de muertes violentas de niños, niñas y adolescentes en nuestro país. Y otra entrada que publicamos sobre la importancia de dar voz a las víctimas. Y por último, la guía mencionada que elaboramos para UNICEF Comité Español en su programa de Ciudades Amigas de la Infancia con iniciativas que los municipios pueden desarrollar para abordar esta problemática.

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