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Expresar el afecto

El ajuste emocional es uno de los elementos clave de la construcción de vínculos afectivos seguros. La capacidad de las figuras vinculares de ser responsivas a las necesidades del bebé, es decir, ser sensibles y estar accesibles y dispuestas a satisfacerlas, se considera en la teoría del apego uno de los elementos clave de un vínculo positivo. Y no sólo para los bebés, sino durante toda la vida.

Optimizar nuestra capacidad de ajuste emocional pasa por ser capaces de aprender a expresar y recibir afecto. Algo tan simple que sin embargo parece tan complicado en algunos momentos. Tan complicado y tan simple como acariciar y dejarse acariciar, como decir “te quiero” o escucharlo, como bailar juntos cada día.

El afecto se puede expresar de mil formas que al final, si las estructuramos, se resumen en tres, que coinciden con los canales sensoriales primarios de cada persona:

1) A través del contacto físico, desde la mirada hasta las caricias, los abrazos o los besos. Es la afectividad desde la que se genera la intimidad, y desde esta se llegará más adelante en las relaciones de pareja a la sexualidad y la genitalidad. Pero todo ello son muestras de afecto, en las que desde la más sutil a la más evidente es justo nuestra capacidad de ajuste emocional a las señales del otro la que marca la diferencia entre un vínculo que se profundiza o una relación condenada a la distancia.

En la relación con los niños y niñas este contacto físico ajustado emocionalmente posibilita el pleno desarrollo sensorial y emocional del niño o la niña. Además, el contacto físico de las figuras vinculares es un elemento clave en su sensación de seguridad, porque tiene un elemento contenedor, de sostén, de abrigo y protección.

2) El segundo canal son las palabras. La palabra, como en general el arte, sirve para estructurar las vivencias, para darles forma y desde ahí poder integrarlas afectivamente. El afecto que no se expresa, por uno u otro canal, no se hace consciente y no se integra. Las palabras tienen el poder de lo explícito. Al explicitar el afecto lo hacemos consciente y al hacerlo consciente lo integramos.

En el caso de los niños y niñas, las palabras de las figuras vinculares, sobre todo en los primeros años de vida, adquieren valor de verdad. Van a ser el espejo desde el que se construyan, y por lo tanto, su reconocimiento, su valoración, pero también sus límites y sus negativas van a configurar el psiquismo del niño o la niña. Van a ser como las profecías, que acabarán cumpliéndose.

3) Y por último están los hechos, las acciones, los gestos. Los detalles, el tiempo compartido, la ayuda y la protección ante el duelo o el riesgo. Es la presencia física y afectiva junto a la otra persona la que confiere legitimidad y coherencia al vínculo afectivo. La palabra vacía de hechos no sirve, el contacto físico en un entorno frío, de riesgo o sin afectividad puede ser placentero, pero no vincular. Es la presencia y la conducta de la persona la que sirve en muchos casos para comprobar que ha sido capaz de percibir las necesidades del otro y ajustarse a ellas.

Las personas no “sabemos” de una manera racional que nos quieren, sino que nos sentimos queridas. Y nos sentimos queridas cuando nos lo expresan. Los niños y los adultos en esto no somos diferentes.

Y hablando de afecto expreso, quiero acabar esta entrada recuperando un vídeo lleno de afecto expreso. Surgió en un taller a educadores y educadoras infantiles en el CEP de Cantabria. Mi hijo me propuso hacer un ejercicio, que yo trasladé a los asistentes y que utilizamos para cerrar el taller. Los organizadores, Sandra y Manuel hicieron un maravilloso trabajo al unificarlo que quiero compartir hoy.

El ejercicio consistía en que cada persona pensara en algo bonito que les diría a sus hijos si los tuviera delante. Mucha gente cree que las palabras, al decirlas mucho, se gastan. Pero lo cierto es que lejos de eso, al convertirse en cotidianeidad adquieren más fuerza y legitimidad.

Gracias por cada frase. Fue un regalo.

Pepa

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