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Vivir a la intemperie

Para todo el equipo de Espirales CI y para es importante, en estos momentos más que nunca, mantener el rigor técnico unido a través de la cercanía emocional. Es más, entender esta afectividad como criterio de calidad y eficacia técnica.

Por eso nos estamos centrando en tratar de brindar herramientas técnicas al mismo tiempo que nos hacemos presentes a las familias y a quienes tienen la responsabilidad del cuidado de niños, niñas y adolescentes en centros de protección. El vídeo que he elaborado para el programa de BBK Family es una muestra de esa forma de entender nuestro trabajo en un contexto de emergencia como el que tenemos.

Las dimensiones e implicaciones que la vivencia real de la intemperie va a tener para muchos de nosotros, para los niños, niñas y adolescentes con los que vivimos y trabajamos y para la sociedad en general son imposibles de calcular ahora mismo. Esta experiencia es nueva para todas las personas y es una experiencia de vulnerabilidad y fragilidad. Vivíamos en un mundo basado en la falsa creencia de que controlábamos lo que nos podía ocurrir. Solo cuando nos llegaban experiencias intensas emocionalmente o traumáticas por algún motivo adquiríamos consciencia de esa falsedad. Ahora la vida ha deshecho de un plumazo aquella mentira. Y nos toca aprender a vivir a la intemperie. Siempre estuvimos allí, solo que no éramos conscientes.

Cuando escribí Educando la alegría lo hice justamente como explicaba en su epílogo, porque estaba preocupada del nivel al que estábamos inoculando miedo a los niños, niñas y adolescentes. Avisaba entonces de que el miedo paraliza, crea una sensación de impotencia y de indefensión que, en contra de lo que mucha gente cree, lejos de proteger, pone en riesgo a nuestros niños, niñas y adolescentes. Ese proceso estaba siendo inconsciente en muchos casos, intencionado en otros. Ahora mismo corremos el riesgo de que educar en ese miedo nos salga de las “tripas”. Porque nuestras “tripas” están asustadas. Y educamos en aquello que vivimos. Así que habremos de poner mucha consciencia si no queremos que la certeza de esa fragilidad se convierta en miedo paralizante que los niños, niñas y adolescentes incorporen en su memoria corporal.

Por eso es importante recordar que hay dos armas muy poderosas contra el miedo. La primera, el amor. La soledad asusta, la caricia hace sentir seguro. El cariño de una red afectiva sólida y presente. Y lo digo desde la perspectiva técnica, no sólo humana. El amor vence al miedo. Por eso, ahora más que nunca, hagámonos presentes en la vida de quienes amamos. La segunda, la risa. El sentido del humor, la risa compartida conjura los fantasmas. No tengáis miedo a reíros de lo surrealista. Porque lo que está sucediendo es surrealista. Y reírse de ello para poder atravesarlo no lo hace menos grave, lo hace real.

No hagamos grandes promesas. Solo intentarlo hacerlo lo mejor posible. Esto también es nuevo para nosotros. Y como digo en el video, somos todos uno. Nadie va a salir solo de esto.

Un abrazo grande,

Pepa Horno

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